El mechón de pelo


               De pequeña leí un cuento que narraba la historia de una niña que encontraba por casualidad, entre las páginas de un libro, un mechón de cabello brillante como el sol, con un lazo cuidadosamente atado. Presa de su curiosidad, la niña lograba descubrir que aquella cabellera pertenecía a su abuela, quien, en sus años infantiles, se la había cortado a fin de conservarla como un recuerdo, el cual había permanecido  guardado precisamente hasta ese momento. La niña llena de ternura, comparaba aquel bucle resplandeciente con la blanca cabellera de aquella viejecita y...
               No recuerdo de qué manera terminaba aquella historia, pero al leerla me embargó  la tristeza y la pregunta  por el sentido de la vida, por el paso de los años, por lo que acaba y lo que permanece, por la manera en que va pasando nuestra vida sin que nada quede.
               Recuerdo que corrí al espejo para cortarme yo también un mechón. Recuerdo haberle puesto un lazo celeste y guardado en algún libro. Recuerdo haberlo cerrado con fuerza y llevado hasta mi pecho, imaginando cómo algún nietecito mío, muchísimos años después, lo encontraría también por casualidad, llegando a emocionarse al compararlo con mis canos cabellos, sobre mi espalda cansada. A lo mejor me imaginaría de niña, traviesa como era, llena de vida y cercenada.
                Aquella niña que fui, todavía permanece en algún lugar, orgullosa de verme llegar hasta aquí, y feliz, como sabía serlo.
               Me corté un mechón de pelo, tal vez para encontrarlo yo misma, cuando fuera viejecita; tal vez para  recordarme, para recordar a aquella niña; o tal vez para poder reunirme con ella en la hora de mi muerte.





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