Detrás de la zanahoria

      Y ahí vamos por el mundo, anestesiados, caminando como zombis, con las ondas cerebrales lentas, cada vez más dormidos, volviéndonos sonambúlicos y sugestionables, capaces de aceptar cualquier información, sin cuestionarla, pues implicaría actividad cerebral.

      Ahí vamos con mentes receptoras, incapaces de emitir algo propio. Ahí vamos con cerebros aletargados, sobrestimulados de tanta información sin procesar, cansados, mal alimentados, embotados de drogas que no importa si son legales, y alcohol.
 
     Ahí vamos, sintiéndonos importantes, porque pudimos pagar un alto precio por la ropa que llevamos, sin sentir mínima vergüenza por tener tan hueco el cerebro.     
 
      Ahí vamos, a merced de unos cuantos, algo más vivos o con más suerte, que nos ponen las zanahorias tras la cual andamos, pisando al que tropieza, golpeando al que va por delante, odiando al que nos deja atrás, sin advertir que la zanahoria es un señuelo.
 
      Y así llegamos a ninguna parte, heridos y perdidos, cansados de montar castillos de arena, y sobre todo solos, porque el ser humano está francamente solo; y cómo no estarlo, si hace ya mucho tiempo que abandonó a su propio ser.