Locura


          De pequeña yo tenía una marcada fascinación por la locura.
          Vivía a la vuelta del Hospital Psiquiátrico Dr. Christofredo Jakob, cuyo nombre, con sólo citarlo, despertaba repelús entre la gente.
          Los pacientes menos peligrosos deambulaban por los alrededores; merodeaban por el cementerio o la terminal de autobuses, mendigando un cigarrillo que luego fumaban hasta quemarse los labios.
          De niña, cuando cruzaba por aquella acera, de entre las rejas que marcaban su límite, solían salir brazos y medias cabezas, clamándome e intentando asirme, hasta que yo, paralizada entre la curiosidad y el miedo, lograba hundirme en el vacío de alguna mirada y su incoherente lamento. De alguna manera, tal vez sin esperar respuesta, solía preguntarme adónde se había ido el ser de aquellas perturbadas almas.
          Con los años, trabajé en aquel lugar; y tiempo después busqué nuevos horizontes, tal vez al descubrir la misma ausencia afuera.
«Sólo es una locura diferente no compartir la locura de todos.»





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