El cofre

                   

El cofre    
Una vez hace tiempo, cuando habitaban en mí ángeles, pero también demonios, vagaba sola, errante, confundida, por el tumultuoso mundo que era para mí la vida, evitando el tan temido encuentro con el abismo dentro de mí, que por entonces desconocía. Durante años busqué el preciso momento en que finalizaba el día, porque era allí donde me perdía, o tal vez me encontraba. Mucho tardé en reconocer que las sombras están porque brilla un sol desde algún lugar. Demasiado tardé en descubrirlo, casi lo que dura la vida misma; y hoy, con el tiempo, recuerdo tan solo algunos pasos, aquellos que me llevaron a encender la luz que iluminaría mis tinieblas, para descubrir que no había monstruos en ella sino tan solo yo, el ser a quien temía.
Por aquel tiempo, un hombre acarició mi alma prometiendo curar sus heridas. Anduvimos mucho en poco tiempo, seguros ambos del camino que íbamos haciendo. Tenía yo la bendición de un compañero con el cual construir cada paso.

En algún lugar, en algún recodo muy cerca del río, envuelto en un manto de arena encontramos, muy oculto, un cofre misterioso, ancestral, sellado, encadenado a la madre tierra, acunado por ella. Sentimos, sin embargo, como si quisiera abrirse a nosotros guardando un gran secreto, que quería hacerse luz. Aquel hombre y yo nos abrazamos; temerosos primero, y dichosos después. La vida nos había sonreído.

Cierta vez, al acercarse la noche, subimos a una barca. “Por el río es más rápido”, dijo él. El sol, alzándose aún en el horizonte, presagiaba tan solo calma y ventura. La fortaleza de aquel hombre me envolvía; y mientras sus brazos remaban hacia buen destino, los míos débiles tan solo en apariencia abrazaban nuestro cofre. Nos miramos en silencio. El estaba conmigo.

La tarde se marchó lentamente; la noche se acercaba; los pájaros volvían. Yo sentí frío; busqué el calor de su mirada, pero sus ojos se hallaban perdidos allí dónde me era imposible ver. Se acercaba una tormenta… En segundos, el cielo quiso abrirse ante nosotros con un grito desgarrador. Su incandescencia nos envolvía con brutal fuerza, para luego arrojarnos cruelmente a la oscuridad. La tormenta se impuso dominante, tambaleando nuestra barca por aquellas aguas que prometían devorarnos. El viaje a la deriva por fin se inició. Busqué su mirada, pero él ya no me veía. Inesperadamente se arrojó al agua. Apenas distinguí sus brazos cuando alcanzaron la orilla. No pude seguirle porque, por alguna razón que no recuerdo, tuve que encadenarme a nuestro cofre. Él llegó a tierra firme. Su silueta se alzaba a lo lejos, imponente en la oscuridad de la noche. Se quedó allí de pie, mirándome, mientras mi barca me alejaba. La noche puso fin a aquel momento y la lluvia lloró en mi nombre.

                                     A partir de allí, el miedo fue durante mucho tiempo mi único dueño. Mi barca siguió a la deriva, y me entregué a la voluntad del río mientras el cielo intentaba encontrar la calma. Apenas se divisaba la orilla. Los árboles se alzaban erguidos, orgullosos de estar en pie, a pesar de todo. Mientras las sombras danzantes se escondían entre ellos, amenazando con llevarme a su eterno abrazo, el viento molestaba a las hojas en su perturbado descanso. De pronto sentí un murmullo confuso, demente; como si la vida toda, envuelta en un lamento, buscara enraizar en mí con su gemido.

Lentamente, el cielo halló la calma. La lluvia aún seguía en silencio, persistente, como un niño que llora por mucho tiempo. Las aguas ya más serenas, empezaron a mecerme. Mi barca, como un nido, me acunó en su interior, mientras el llanto del cielo aún caía por mi rostro...
Desperté con el sol. El cauce me llevó muy lejos, hasta la orilla. Alcé mi cofre, dejando sobre la tierra mi huella cansada. ¿Qué tesoro guardaría? Al fin lo abrí. El sol a mis espaldas, curioso y expectante, salió de entre mis cabellos para mirar. ¡Era el tesoro más hermoso que había visto nunca! ¡Un regalo! ¡Una bendición! Lo tomé entre mis manos, alzándolo al universo, de rodillas, pequeñita, ante tanta inmensidad. Dancé sobre él, me rodeé de él...

Casi sin querer, volví a cruzarme con aquel hombre. Incomprensiblemente brotó en mí el deseo de mostrarle mi tesoro, tal vez de compartirlo. Lo extendí hacia él, con timidez, pero no lo miró. Desvió sus ojos, ausente, y siguió su camino. ¿No podía verlo quizás por su deslumbrante brillo? ¿No quería? ¿Tal vez fue vergüenza? ¿Tal vez cobardía? ¡Tal vez,... no sé! ¡Tal vez sin darme cuenta con los años dejó de importarme!

Construí un lugar hermoso para guardar mi tesoro. Fue un refugio, un templo, un hogar. Lo decoré con música y risas. Lo pinté con el color del sol. Mi tesoro vistió mi morada y curó mi alma, porque cosí con él cada retal de mi ser que, sin querer, iba encontrando en los recodos del camino. Mi tesoro llenó mi vida y más allá de ella. Lo alzaba entre mis brazos, y rodeaba mi cuello; luego, caía por mi cintura y ceñía mis tobillos. Nuevamente volvía a levantarlo, a abrazarlo...

                 ...y él me envolvía;
                                                                y giraba, giraba….
Y yo reía, reía...                                                                                       


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Valeria Elder                              
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