La Vieja

                     


La Vieja


                  Hace muchísimo tiempo, tanto como los años que tengo, vivíamos ella y yo en una gruta. Ella, la vieja. Teníamos como vecinos al cielo y al mar, ambos acogedores a la luz del día, ambos huraños en la oscuridad de la noche.

                     La vieja era añeja, longeva, arcaica; parecía inmortal, perpetua, imperecedera. Llevaba una blanca cabellera más allá de la cintura, y su piel era rugosa y marchita. De tanto mirar, la vieja se había quedado con el cielo en sus ojos. De tanto luchar, llevaba la espalda torcida y encorvada. Sus manos eran, sin embargo, pequeñas y guardaban en su seno las más suaves caricias, pero también propinaban reveses que sacudían directo al alma. Fiel como la arena al mar, un perro negro la seguía. La vieja iba y venía, siempre haciendo cosas, allí y aquí, como buscando perpetuarse en una danza constante.

                    La vieja…. ¿quién era realmente? A pesar de vivir a su lado, jamás he llegado a conocerla. Constantemente ella murmuraba cosas, para después perderse en un sórdido silencio. A veces entonaba alguna melodía, a veces se sumergía en su propio sepulcro. Así era la vieja, extraña, misteriosa.

                    El implacable paso del tiempo ha hecho mella, incluso en su recuerdo. ¿Qué habrá sido de la vieja? ¿Era ella tal cual la guardo en mi memoria?

                      Como si de una diosa se tratara, yo buscaba complacerla. Quería ser su sombra, su reflejo. La vieja era, para mí, perfecta. Habría descendido a los infiernos, si hubiese tenido que salvarla.

                       A medida que fui creciendo, las cosas fueron cambiando. ¿Cambió ella? ¿Cambió mi forma de verla? Aparecieron ante mí las viejas puertas, continuamente cerradas, que había en nuestra gruta; puertas que siempre habían estado allí, pero nunca las había visto; puertas a las que la vieja entraba y salía siempre en silencio, dejándolas bajo llave.

                    Cierto día, cuando la vieja danzaba a orillas del mar, me acerqué a una de ellas, y miré a través de la cerradura. No fue tanto lo que vi, sino aquello que no se dejó ver. Entre las tinieblas, algo se lanzó al cerrojo con un susurro, un gemido. Aquello se apoderó de mí, dejándome absorta, hasta quedarme convertida en piedra, sin poder moverme. El instinto me lanzó hacia atrás, como una fuerza que me expulsa. Los largos brazos del miedo me rodearon, y me quedé allí, mucho tiempo, derrumbada en el suelo, mirando con ojos desorbitados aquella cerradura. ¿Algo me miraba a través de ella? El blanco vestido de mi inocencia escapó volando por la ventana, para jamás volver. Algo había cambiado!

                     Pasaron varios días desde aquel suceso. Intenté disimular, pero la vieja sospechaba. Yo sonreía y hablaba de mis cosas, sin embargo ella era astuta. Me vigilaba! Cierta noche, a altas horas, algo me despertó. Quizás fue un susurro desde muy adentro, que me dijo "–levántate, si quieres saber!". Sigilosamente me dirigí a los viejos pasadizos, aquellos que siempre estuvieron ante mí sin siquiera verlos, y distinguí la puerta entreabierta. La luz de una vela iluminaba la escena. La vieja de rodillas, lavaba los pies de una mujer. Esta yacía sentada sobre una roca, con los brazos extendidos por encima de su cabeza. Unas grandes cadenas la sujetaban inmóvil en torno a sus muñecas. No pude verle la cara, pues no se movía. Igual que la vieja, llevaba una larga cabellera blanca. Era flaca y larga. Mientras la vieja le mojaba los pies, le susurraba una melodía. El agua de la fuente estaba teñida de sangre. Parecía herida. Mi respiración…entrecortada. Mi aliento… contenido. Algo me decía que aquello era espectral. Algún ruido habré hecho, algo que no pude contener, pues mientras la vieja seguía absorta en su cántico rumiante, la mujer tiró la cabeza hacia atrás y la giró hacia mí. Sus ojos huecos se encontraron con los míos. De mi garganta salió un alarido, que murió en mis labios. Era igual a la vieja…!

                        Volví a despertarme la noche siguiente. Me acerqué sigilosa a la puerta y miré. Ambas mujeres estaban sentadas al pie de un candelabro, tocándose mutuamente al son de una melodía que ambas susurraban. No pude ver claramente cuál era la vieja. Ambas mujeres eran similares. Una de ellas llevaba heridas en la muñeca, y la otra se las lamía hasta hacerlas desaparecer. De pronto, una se durmió y la otra se puso en pie, alzó un llavero y el candelabro aún encendido, dispuesta a salir de la alcoba. Corrí descalza por los pasadizos hasta mi lecho, donde me tendí para hacerme la dormida.

                        A partir de aquella vez, todas las noches me aproximaba a aquella habitación. A veces susurraban, a veces discutían bajo un murmullo. A veces se acariciaban, otras tantas yacía una de ellas encadenada, mientras la otra le peinaba la larga cabellera. Luego una de ellas abandonaba el lugar, cerrándolo con llave. Era entonces cuando yo corría rápidamente hasta mi alcoba. La vieja lo sabía….!

                      Con el tiempo empecé a sospechar que, a veces, la vieja no era la vieja. Algunos días tenía los ojos más huecos, y otros, llevaba cicatrices en las manos. En ciertas ocasiones permanecía en silencio durante horas. Luego me regañaba. Pronto mis sollozos la hacían reír en una carcajada. Y después su mano huesuda golpeaba mis mejillas, para luego enjuagar mis lágrimas. ¿Quién era ella?

                     Durante largos años conviví con esa pregunta. Durante interminables noches busqué las respuestas tras aquella puerta. Nunca pude complacerla, más… ahora ya no quiero. Permanecí a su lado, como aquel perro negro, por muchos años. Y una mañana, cuando el sol recién despertaba, salí de nuestra morada. Llevaba las manos vacías, y los pies descalzos. La vieja me acompañó algunos pasos y luego se detuvo, pues debía volver. En sus ojos vi la certeza de nuestro reencuentro, tal vez más tarde, al caer la noche. La vieja siempre supo que me tendría de nuevo a su lado. Me despidió, a lo lejos, levantando su mano. La brisa de la mañana despeinaba sus blancos cabellos. Ella sonreía. El viejo perro negro retozaba entre sus faldas. Y así la recuerdo…


                       Y así la recordaré…




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Valeria Elder                              
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