La Celda Número 7

                  
La Celda Número 7

     Los gritos de una mujer me despertaron a medianoche. Me encontraba en una cueva, un sótano, una celda. Las paredes oscuras, parecían húmedas y frías. A lo lejos se podía oír el caer continuo de las gotas de un grifo mal cerrado. Su sonido monótono e intermitente calaba en lo hondo de mi cerebro, como un ritual penetrante y acompasado que me invitaba a perder la conciencia de nuevo. Como si viniera de muy lejos, un alarido desgarrador volvió a hacerse sentir. Se me aceleró el corazón. ¿Quién gritaba? ¿y por qué?

    Me incorporé despacio. Me dolía todo el cuerpo. Parecía haber estado recostada sobre una gran mesa de madera. Apenas podía ver! Al moverme, advertí que uno de mis tobillos estaba encadenado al que había sido mi lecho. ¿Qué era todo esto?
 
    Pronto amaneció. Me envolvió la sensación de haber estado aquí desde hacía mucho tiempo. Ni siquiera podía recordar mi vida, si es que la tenía. Parecía como si no hubiese habido otra vida diferente a esta, como si hubiese estado encerrada desde siempre, como si por primera vez hubiese tomado conciencia.

           La luz del sol penetró por una abertura. A pesar de ello, mi celda seguía oscura. Me acerqué lentamente para ver. Las cadenas que me unían a aquella mesa me lo permitieron. Subí al tronco alojado debajo de aquella especie de ventana, y miré a través de ella. La luz me golpeó los ojos con un efecto cegador. Caí de espaldas. El destello que anuló mi mirada, se hizo sentir, como si me hubiese calcinado. Cerré los ojos y me recosté en aquel suelo de tierra húmeda y fina. Acurrucándome, llevando las rodillas a mi pecho, susurré una melodía, como si la conociera, como recordándome cuando alguien me la cantaba acariciando mi frente. Y volví a dormirme.

 
Desperté después de mucho tiempo, quizás meses, quizás años. Se oían sonidos de puertas que se abrían y cerraban, golpes, quejas, lamentos y el agua del grifo que caía y caía... De repente escucho la voz clara de una mujer que a lo lejos grita:
  -¿Hay alguien ahí?.
  Su respuesta fue el eco, que repitió su pregunta las veces necesarias como para despertarme totalmente. El silencio sepulcral que vino a continuación me hizo ponerme en alerta. Me incorporé lentamente, sintiendo mi ser lastimoso y dolorido, y me acerqué a la puerta. Fuerte, de madera maciza, su robustez se imponía impenetrable. Me asomé al vano, en puntas de pie, para mirar por él. Era una especie de gruta, oscura y tenebrosa. Las gotas del grifo caían y caían, y el silencio... tenía vida, como si algún ser monstruoso y despiadado esperara en algún recodo, aguardando, y al acecho. Sentí escalofríos!!! Miré a mi entorno y tomé conciencia de donde estaba. Era mi sarcófago, y yo aún con vida. Acerqué un pesado tronco al umbral de la puerta, y volví a asomarme por el vano. A lo lejos y entre las penumbras, divisé varias puertas similares a la mía, completamente cerradas.

  -¿Hay alguien ahí?- volví a escuchar.

  -Si- dijo otra voz de mujer-¿dónde estoy?

  -¿Eres la de la celda número 7?- preguntó la primera.

  -No lo sé. Acabo de despertarme.

         Un horrible estruendo las hizo callar de repente. Se oyó abrirse una puerta y a continuación los alaridos de una mujer. En medio de un fragor desesperante, se sumaron golpes de más puertas, como si alguien las azotara. El clamor de una voz lastimosa puso fin a todo aquello. Un silencio contenido, por fin se hizo presente. A lo lejos apenas se oía un sollozo, un lamento... Me abracé fuertemente, tanto como pude y me fui a un rincón, el más cálido que pude hallar. Luché por mantener la conciencia, pero fracasé. Me sumí en un profundo sueño de prados verdes, y horizontes lejanos. Soñé con mares y montañas, con cielos y soles, con la luz, con la vida. Soñé, posiblemente durante muchísimo tiempo, tanto que mi cabellera se había tornado muy larga.

  Cuando volví a despertar, tomé conciencia de que algo debía hacer. El sonido del agua que caía persistentemente me recordó al alma de una niña que llora sin consuelo. Me puse en pie, llevando a duras penas al ser en que me había convertido. Al caminar lentamente, y con las manos sosteniendo mi dolorida cabeza, tropecé con algo metálico y me dispuse a buscar aquello. Llevaba los ojos cerrados, posiblemente estaba ciega, pero me agaché. Palpé la tierra siempre húmeda, en busca de aquel objeto y por fin lo hallé. Era un manojo de llaves! El corazón se me aceleró, como queriendo escaparse de mi ser. Me puse en pie y me froté los ojos. Algo aún podía vislumbrar. Busqué entre las llaves la más pequeña y con ella pude liberarme de las cadenas. Las heridas que llevaba en los pies no me importaron. Me acerqué a la puerta.

  -Hola- dije con fuerzas, -¿alguien puede escucharme?- Sentí como si muchos cuerpos se acercaran de pronto a sus cerradas puertas, tomando entre sus manos las rejillas que cubrían el vano de madera.

  -Hola. Estoy aquí- dijo una voz de mujer

  -Hola ¿Eres la de la celda número 7?- dijo otra voz.

  -Ayúdame- se escuchó a una tercera decir.

  -¿Cuántas sois?- pregunté con inquietud.

  -Somos seis. ¿Eres tú la de la celda número 7?- escuché.

   Levanté ante mis dañados ojos el juego de llaves, y conté. Tenía siete llaves de hierro y una muy pequeña. Sentí un escalofrío recorrer mi columna. El aliento en mi garganta no se atrevió a salir. De pronto empecé a ver todo más claro. Elegí una llave y así, sin más, abrí la puerta. Crucé el umbral con miedo, pero decidida. Mientras caminaba despacio y alerta, tropecé con huesos de esqueletos y de cráneos. Habían ropas viejas esparcidas por el suelo, como si hubiesen vestido alguna vez a esos seres que hoy yo pisaba. Caminé despacio, y con pie firme.

  -Por aquí- escuché un susurro- Ábreme la puerta-. Me aproximé y vi por el vano el rostro de una mujer esperanzada. Escogí otra llave y, sin más, abrí su puerta. Salió una joven de larga cabellera y se lanzó a mis brazos. Sentí como si la conociera desde siempre. Ella secó alguna lágrima que sin darme cuenta caía por mis mejillas.

  -Vamos- me dijo. Y tomó mi mano.

  Nos acercamos a otra puerta, y luego a otra y a otra, y fuimos liberando a cada una de esas mujeres. Todas y cada una de ellas, al salir de sus recintos, me abrazaban fuertemente, y con cada abrazo, una gran emoción se ceñía a mi garganta.

  Caminamos por pasadizos interminables, todas juntas, de la mano. Ellas me preguntaban hacia donde ir, aunque a veces me sugerían respuestas. Subimos por una escalera y dimos a una gran habitación de madera. En el rellano descansaba un viejo arcón, invitándonos a abrirlo. Encontramos en su interior unos frágiles vestidos blancos. Entre gorjeos y risas, las mujeres se los pusieron. Quedaba uno para mí. Nos peinamos las largas cabelleras y nos limpiamos las heridas. Salimos todas juntas, entrelazándonos las manos, por la última puerta. Algunas sonrieron felices. No había nada alrededor sino la vida. Caminamos por ella siempre juntas, siempre unidas.

  A lo lejos, alguien nos vio partir. Desde sus ojos, vio a siete mujeres marchar hacia el horizonte, con sus blancos vestidos y sus largas cabelleras, danzando al son del viento. Desde sus ojos vio solo a una mujer...





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Valeria Elder                                             
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