La falta constitutiva



Photo credit: Nick Kenrick..back to Canada / Foter / CC BY-NC-SA


     Existe una falta constitutiva del ser humano, que lo impulsa a desear, para colmarla. Esta falta es la que nos convierte en sujetos eternamente  deseantes.
 
     La ciencia y la tecnología nos han suministrado objetos que prometen colmar nuestra falta, pero nunca lo logran. Seguimos deseando y deseando, aun cuando no sabemos muy bien qué, pues desconocemos la raíz de nuestra ancestral carencia.

     La publicidad es el modo que tiene quien invierte en ciencia y tecnología, de ofrecernos esos objetos creados. Para que sean consumibles por el ser humano, aquello que se publicita debe vestirse de ideales. Compramos objetos porque, sin saberlo conscientemente, suponemos que nos darán éxito, felicidad, alegría, salud, popularidad. En realidad no estamos comprando objetos en sí, sino ideales. Compramos lo que esos objetos significan. Compramos significantes. Y estos yacen en otro registro. Es por eso que, lamentablemente ni el éxito, ni la felicidad, ni la popularidad se alcanzan; y si llegan a obtenerse son tan efímeros que se nos escapan de las manos casi inmediatamente. Y entonces todo se inicia de nuevo.
 
     Un ideal es lo menos real que hay. La función de un ideal, es seguir siéndolo. Si se convirtiese en real, dejaría de ser ideal, y  es allí donde radica lo imposible.
 
     Mientras mayor sea la distancia entre la realidad y los ideales, que además son los ideales sociales (pues solemos no distinguirnos de la masa), más infelices somos, más se revelan ante nosotros nuestras carencias, y más deseamos colmarlas. Ese es el punto débil del ser  humano,  al  que  se dirige estratégicamente la publicidad. Esta nos muestra lo maravilloso de la vida que no tenemos; y nunca advertimos que es solo un señuelo; que aquello que nos muestra es realmente imposible. Para cuando lo comprendemos, si es que alguna vez sucede, hemos consumido lo inadmisible, endeudándonos insaciables, y sufriendo de una manera miserable cuando adquirir ciertas cosas se nos tornaba imposible. Con los años nos vemos llenos de objetos que nos esclavizan, que ya no valoramos, pero nos atan; y aquellos ideales que compramos y compramos, jamás se hicieron realidad. La gran mayoría ni siquiera advierte esto, y continúa consumiendo hasta el día de su muerte. Pero otros, los menos, descubren con tristeza que nuestro ser se ha perdido en algún recodo del camino, y desde allí llora, desde hace años, porque ha sido enterrado en vida.
    
     Lo que has buscado desde siempre, no estaba allí donde buscabas; estaba en otro lugar.
 
 
                                                                                                                                                                                          Valeria G Elder