La mano que me roza

                            

La mano que me roza

                   Con la más suave caricia presiono la tierra, mientras mis manos rodean su pequeño brote. Como la brisa que roza mi piel, siento sus dedos posar sobre los míos. Como quien quiere ayudar en la faena, lentamente presiona mis manos, y despierto, de repente, para encontrarme en su mirada.

 
                     Aunque el alma me pida a gritos que no lo haga, esbozo una sonrisa que se me queda helada; más no advierto el desenlace, consecuencia de acallar mi voz.

                     Los días de paz, los días de gloria, fueron quedando, poco a poco, en el olvido. Sus manos ceñían mi cintura, despertando así mi sorpresa, más yo me escabullía en lo que él interpretaba un juego. Muchas veces me sorprendía en la inocencia de mis días, jugando, con manos inquietas al juego que, por entonces, desconocía. Más, entre danzas que no me divertían, mi alma gritaba y gritaba, y aunque muy bien no la entendía, ella posiblemente me contaba que podía resultar herida. La madurez de sus años no le significaron un límite, ni los lazos de la misma vida pusieron en él su freno. La cordura que abrazaba el fluir de nuestras vidas fue, sin embargo, mi aliada el tiempo suficiente. Nada le pasó a mi cuerpo, tan solo un roce impertinente. Mi alma se escapó aquel día, para curarse de aquello, dejando mi cuerpo ausente. La bofetada del suceso me torció el rostro, y a pesar de los años, jamás volvió a ser el mismo.

                    Tiempo después he dejado de verlo, sacudiendo tan solo aquel recuerdo; y hoy no encuentro su tumba, aunque tal vez no quiera hallarla. Hoy simplemente lloro, bajo aquel brote que hoy es árbol, porque aún está presente.






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Valeria Elder                                             
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