El camarero



El camarero

               Cierto día, hace algunos años, mi hijo entonces pequeño, y yo nos sentamos en las mesas externas de un restaurante. El camarero, muy joven, iba y venía nervioso, acelerado, confundiendo los pedidos empezaba a mostrarse cada vez mas angustiado. Tras preguntarle, apenas me contó que estaba a prueba en su primer día de trabajo. Mi hijo, de acuerdo con su corta edad, jugaba entre las mesas, cuando de repente, a escasos metros, veo al exaltado camarero tirar por los suelos una bandeja llena de copas, estallando los cristales en mil pedazos. El pobre joven, apenado, corrió a buscar la escoba a fin de levantar rápidamente las consecuencias del lamentable accidente, cuando de pronto advierto que se le acerca el dueño del local con toda la intención de regañarlo, replanteándose seguramente la contratación del desafortunado. 


                           Antes que sucediera lo temido, yo, que estaba alerta, decido acercarme a ambos, y dirigiéndome directamente al camarero le ofrezco disculpas por haber sido mi hijo el causante del tropiezo. El dueño, tras escucharme, me dio una palmadita en el hombro pidiéndome que no me preocupara. Mi pequeño hijo, al escuchar la acusación, pues lo tenía sujeto para evitar que se lastimara con los cristales, empezó a refunfuñar y a patalear por la injusticia. El camarero interrogándome con la mirada, nada pudo decir. No podía!  


              Nos fuimos casi inmediatamente, explicándole a mi pequeño lo importante que era, en aquel momento, que asumiera una culpa ajena. Entendió que adjudicársela no significaba nada para él, pero para otros, podía ser cuestión de perder un trabajo, en tiempos crueles, en tiempos duros, en los tiempos de hoy. Se sintió bien consigo mismo, se sintió casi un héroe...

              La vida me ha puesto en lugar semejante tiempo atrás, y nadie advirtió mis miedos, mis angustias, mi orfandad. Nadie tan siquiera me miró. Menos aún extendió una mano. Estuve en ese lugar y en muchos otros. La vida me permitió verla desde allá, y desde acá. Ella, intentando ser mi maestra, me ha dejado en claro demasiadas veces que en los sucesos mas tristes, en los mas desafortunados, podría ser yo quien ocupa ese lugar; y comprendo, aunque muchas veces se me olvide, que cada mano que doy, me la estoy dando a mi misma, a la niña que fui, a la mujer que soy, y a la anciana que seré!





            

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