Lo siniestro




Lo siniestro
               Era un lector solitario. Amaba la vida aunque no la comprendía. Solía caminar huraño por los parques deshabitados, buscando explicaciones, buscando respuestas.
               Cierta vez había escrito, mientras descansaba en el retirado banco de una vieja plaza: "En lo conocido está lo siniestro". Mientras más se sumergía en reflexiones, cerca una madre, presa de las ocurrencias de su pequeño hijo en torno a su sombra, reía a carcajadas. El niño, que no tenía más de 2 años, envuelto en un llanto desconsolado, daba de alaridos mientras corría de un lugar a otro a la vez que advertía que su sombra lo seguía  como  cogiéndolo 
por los pies.  El pequeño  saltaba cuanto podía,  hasta que, desesperado, se precipitaba a las piernas de su madre, intentando trepar por ellas, para luego, tras su frustrado intento, huir despavorido hasta donde la sombra no lo siguiera. La mujer, que no atinaba a levantar a su niño en brazos cuando éste acudía en su auxilio, se desarmaba en risas y más risas por lo inocente y divertido de la escena. El, observando el hecho, en un primer momento sonrió, más, lentamente, logró advertir cómo subía un escalofrío por la espalda, pues no podía ignorar el semblante desfigurado del pequeño, presa del pánico, ni el rostro desencajado de su madre,  a causa de la risa.
 
               Volvió a su casa a paso lento tras la caída de la tarde, en las horas en que el sol se pone, y las sombras más escondidas salen.
 
               Olvidado aquel suceso, siguió su vida, su trabajo matinal, sus lecturas por las tardes, su soledad diaria. Continuó sus hábitos durante varias semanas en aparente paz. Las penumbras lo ceñían tras caer el sol, las siluetas jugaban con el viento, los contornos se escondían entre sus cabellos.
              
               En su diminuto apartamento poco había; tal vez una mesa, alguna silla, un viejo sofá; tal vez un catre donde dormir y libros por doquier esparcidos por el suelo; tazas sucias, un café sin beber, tal vez un bocadillo medio comido... Le habían cortado la luz, o tal vez él había dejado de pagarla a fin de encontrarse con lo umbrío. Habían velas en toda la habitación; alguna encendida junto a un libro abierto, con la página marcada.
               Las llamas de una candela dibujaban enigmas. Siluetas se alzaban en las desnudas paredes. Su cuerpo se encontró junto a la cama; los ojos desorbitados..., la boca abierta..., las manos en torno a la garganta...
-Es como si lo hubiesen estrangulado... por las marcas en el cuello!- dijo alguien.
-Qué marcas...?- preguntaron durante la autopsia.
-Habrán visto mal- se dijo más tarde. -Habrá sido una sombra!





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Valeria Elder                                      
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