Quédate con las orejas!





No hacía falta que dios se esmerara en tallarnos con tanto esmero dos orejas,
una a cada lado del cráneo!.
 
En los orígenes de nuestra civilización, puede que algún sentido tuvieran,
más que nada porque vivíamos en la naturaleza.
Dos orejas como las de un cervatillo, seguro nos salvaba la vida.
     
En la sociedad actual, prácticamente dios malgasta tiempo.
Basta solo con que se esmere esculpiéndonos una gran boca.
 
Nuestras orejas son, hoy por hoy, como el apéndice:
un órgano que no se sabe muy bien para qué sirve, pero que ahí está,
estorbando, acumulando suciedad (que podría emplearse a modo de tapón),
y usándose tal vez para lucir el pendiente forjado por un asalariado explotado
con cuyo trabajo se enriquece otro, también sin orejas,
pero además sin corazón.