La anciana y la niña

                                    

La anciana y la niña

                    Recuerdo que me gustaba ir al parque, caminar lentamente y luego sentarme en algún banco a disfrutar del entorno. Siempre guardaba en mi bolsillo algún trozo de pan que troceaba poco a poco para alimentar a los pájaros. Rompiendo las migas en mil pedazos para que todos pudieran comer, me entregaba poco a poco a un ensueño mágico, sintiendo el sol sobre mi cuerpo, los gorriones gorgorear y las risas de los niños salpicar mi alma. Poco a poco me mecía en la cálida mañana, dejando a la brisa acariciarme sutilmente, y al calor arroparme entre sus brazos. Con el paso de los años me encontraba más y más cansada. Había creado con estas mismas manos a mi propia familia. Tenía un hijo muy mayor, muchos nietos y algún bisnieto. La vida les había trazado sus propios rumbos. Ya poco me quedaba por hacer, quizás nada...

                    Recuerdo una mañana distinguir, entre muchos otros, a una pequeña niña retozando feliz. Lleno de vida, ese ser tan pequeñito, me llamó la atención de manera especial, como si me recordara a alguien. Cierta vez la vi, de repente, corriendo hacia mí, con los brazos extendidos. Con las mejillas encendidas en su carita redonda, me dijo: 


                           -Tú puedes ayudarlo!-. Y dejó en mis faldas a un pequeño gorrión con el ala rota; me dio un beso y se marchó entre danzas y risas. Recuerdo cómo se estremeció mi corazón en aquel momento. Cobijé entre mis manos al pequeño animalito y lo llevé conmigo; lo curé y alimenté durante varias semanas. Cuando fue su momento, regresé al parque para lanzarlo al cielo, y voló. Aunque mis ojos ya no eran los de antaño, pude verlo agitar sus alas buscando al sol. Saqué mi trozo de pan y busqué un banco. Mientras caminaba lentamente, con la cabeza gacha, veía mis pies viejos y cansados posarse uno delante de otro, como lo habían hecho toda la vida. El sol danzaba entre mis canos cabellos, prestándome todavía un poco de luz para seguir disfrutando, aunque sea muy poco, de aquel hermoso mundo. Yo conocía ese lugar, aunque no recordaba...
                     Cierta mañana apareció la niña, llena de vida, como un torbellino. Se acercó nuevamente a mí, dejando en mis manos a otro pequeñito, también herido.
                         -Solo tú puedes curarlo!- dijo. Me abrazó con fuerzas y salió corriendo, entre saltos y carcajadas.
                     Durante mucho tiempo se repitió aquella historia; mucho tiempo, aunque no recuerdo cuánto!. Una mañana le pregunté su nombre.
                     - Tú lo sabes!- dijo riendo. Y luego me lo contó al oído. Era un nombre mágico, que guardaba la belleza de una vida. De alguna manera, yo lo sabía, lo conocía, a lo mejor lo recordaba. Tomé su carita redonda entre mis manos y le dije:
                     -¿Qué herida debo curar hoy? - Creí reconocer su rostro y su cándida sonrisa. Ella era hermosa aunque no lo sabía.
                     -No hay más heridas-dijo, y extendió con su hermosa manita una rosa blanca que puso entre mis dedos, y luego comenzó a danzar, mientras reía como un jilguero. Apenas pude sentir cómo se marchaba retozando y saltando como una pequeña gacela.
                     Ya casi recuerdo muy poco de aquello. Estaba muy vieja y cansada. A pesar de la ceguera de mis años, fui testigo de la más hermosa luz que lentamente fue envolviéndome. Percibí sus cálidas manos tomar las mías y su dulce voz susurrarme al oído:
                     - Vamos, es tu hora!







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Valeria Elder                              
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